—¿Pues, a qué vino usted?—le pregunté yo.

—Vine con un objeto exclusivamente militar.

—¡Hombre!

—Sí; vine a ver si podíamos instalar en estos cerros un campamento carlista.

—¿Ha sido usted carlista?

—Sí; estuve de capitán con Cabrera.

—¡Demonio, qué absurdo!

—Hice la campaña en sus filas hasta la conclusión de la guerra civil. En 1838 fuí, con el coronel de ingenieros prusiano barón de Rhaden, desde el Real de Don Carlos al Maestrazgo, y Cabrera nombró al barón comandante de Ingenieros de su ejército.

Estuvimos en un viaje de estudio en las proximidades de Cuenca, Priego y Huete, viendo las condiciones que podían tener para instalar un campo atrincherado donde reunir fuerzas para atacar Madrid.

El barón de Radhen encontró que el mejor sitio, el más próximo a la corte y el más seguro, eran estos cerros de Trillo.