—¿Y ahora qué hacemos?—le pregunté yo a la de San Quirico.
—Ahora..., adelante..., a demostrá ar mundo entero lo que somo y lo que valemo lo españole.
—Es lástima que no le podamos hacer a usted algo, Consuelo—le dije yo.
—No sea usted guasón—me contestó ella—. Yo soy ya muy vieja para que me hagan nada.
Con la revolución triunfante comenzamos los isabelinos a organizarnos y a pensar en el ministerio futuro.
Pocos días después los sargentos, en La Granja, obligaban a María Cristina a proclamar la Constitución.
El movimiento de La Granja nos quitó a los isabelinos importancia, a pesar de ser los precursores, dejándonos, cosa frecuente en las revoluciones, como anticuados.
Al grito de Libertad y Constitución que había dado el pueblo malagueño en la mañana del 26 de julio correspondió Andalucía entera, y el mismo grito se hubiera generalizado en toda España; mas el partido mendizabalista, que no quería ni le convenía que triunfase la causa del pueblo con gente nueva, desconocida, se adelantó, apeló a la insurrección de La Granja y, a consecuencia de aquel alboroto militar, el hombre de los milagros volvió a apoderarse de las riendas del Poder con los viejos doceañistas.
Harto trabajaron los mendizabalistas en Andalucía para que las cosas volvieran al ser y estado que tenían al pronunciarse Málaga; es decir, Estatuto puro y gobierno de Mendizábal; pero al ver sus esperanzas frustradas con los movimientos de Málaga y de Cádiz, que corrían por toda Andalucía, improvisaron la insurrección de La Granja y se quedaron con el mando. Los Magnates aparecieron de nuevo a caciquear.