No tardaron en manifestar su encono a los que habían hecho una revolución que no era la suya, y se dijo en Madrid que en Málaga, y sobre todo en Cádiz, se quería proclamar la república.

El ministerio mandó a Cádiz al capitán general de Andalucía, don Antonio Aldama, con la misión de que fuese duro, y, según se aseguró, le dió una lista de patriotas, entre los cuales me encontraba yo, para que fuesen deportados a Ceuta.

El general Aldama se presentó en Cádiz y no encontró, después de haber practicado escrupulosas investigaciones, mas que un gran entusiasmo en todas las clases por Isabel II y por la Constitución.

Era preciso una víctima para cubrir el expediente, y fuí yo el designado para el sacrificio. Los mendizabalistas me suponían al frente de los patriotas que en el Mediodía habían jurado sostener la Constitución hasta que se reuniesen las Cortes que debían reformarla, y me creían enemigo acérrimo de su jefe.

Por entonces publiqué yo en El Noticioso, de Cádiz, un artículo titulado «La Verdad». Decía en él que la libertad española se tomaba como un derecho y no se recibía como un don; afirmaba que Mendizábal, el hombre de Israel, hablaba a los liberales lo mismo que Luis Felipe a los hombres de las barricadas en 1830, y añadía que a nuevas cosas nuevas personas. Acusaba también a los que formaban el nuevo ministerio de querer ser dictadores y mangoneadores eternos.

El artículo del periódico de Cádiz se reimprimió como hoja suelta en Madrid y tuvo cierto éxito. El Eco del Comercio decía que el tal artículo era un delirio de una imaginación acalorada por la libertad, que revolvía ideas inconexas y contradictorias, y que debía considerarse como el último esfuerzo del despecho y de la rabia que devoraba a su autor al despedirse de la vida política, como el jabalí, que herido de muerte huye haciendo riza y hasta el postrer momento se consuela dando dentelladas antes de morder la tierra.

Este artículo mío produjo gran cólera en el club mendizabalista dominante, que miraba con torvo ceño todo cuanto pudiera poner en peligro su organizado pandillaje.

Vi próxima que me amagaba la tormenta, que querían vengarse los Magnates; e instruído de cuanto se maquinaba en mi daño, y para evitar una tropelía, de acuerdo con el comandante general de la provincia, me trasladé al Puerto de Santa María, con la idea de esconderme.

Allí se me prendió y encerró en la cárcel pública; y para aparentar que había motivo, se dispuso formarme causa porque había ido sin pasaporte. Ridículo pretexto. Fué nombrado fiscal un capitán de ex voluntarios realistas, y actuario otro prójimo por el estilo, ex sargento del mismo cuerpo.