Diez días estuve preso, y cuando la causa pasó a manos del general Aldama, éste, penetrado de la injusticia con que se me trataba, mandó ponerme en libertad.

Poco tiempo después de salir de la cárcel del Puerto de Santa María me presenté al mariscal de Campo don Pedro Ramírez, comandante general de la provincia de Cádiz, hombre que unía el valor a la benevolencia.

Don Pedro Ramírez, en nombre de la comisión de armamentos y defensa de Cádiz, me nombró delegado de Hacienda de la división de la Milicia nacional que estaba al mando del general don Fernando Butrón.

Yo conocía a Butrón desde el tiempo de la emigración liberal, en Bayona, cuando la intentona de Vera, el año 30.

En el mes de octubre, al ser invadida Andalucía por las fuerzas del cabecilla Gómez, se reunió la división de la Milicia nacional de la provincia para operar en campaña; y necesitando poner al frente de la Hacienda un sujeto de inteligencia y de actividad, se propuso, por el intendente don Manuel González Brabo, padre del luego célebre don Luis, el que se me nombrase ministro de Hacienda de esta división, y el 5 del mismo mes se me expidió el nombramiento, haciendo que me pusiera inmediatamente en marcha para el cuartel general del Carpio.

Una de las cosas que organicé fué un hospital de sangre con facultativos hábiles, y dos boticas, una para la caballería y la otra para la infantería.

Al acercarse a Arcos de la Frontera el brigadier Narváez, el general Ramírez me ordenó que, con toda celeridad, me presentase en el campo de la acción con el hospital de sangre a recoger los heridos de nuestras tropas y los del enemigo, y hechas las primeras curas, los trasladé, en ómnibus, a Jerez de la Frontera, donde tenía dispuesto un hospital, que, según dijo el general don Antonio Aldama, que lo visitó, podía servir de modelo. En el corto espacio de veintidós días—decía en un informe el general Ramírez—se presentó el fenómeno, nunca visto hasta entonces, de la completa curación de todos los heridos, a pesar de serlo, en su mayoría, de gravedad, marchando los hábiles a incorporarse a sus cuerpos, y los que quedaron inútiles, al depósito de Sevilla, sin que se hubiera desgraciado ninguno. Tan admirable ejemplo—seguía diciendo el general—se debió al brillante estado en que se hallaba el hospital militar, al mucho aseo, esmero y puntualidad en las curas, rigurosa policía que se observó en los alimentos y medicinas y a la presencia no interrumpida del jefe de la Hacienda en el hospital.

Además intenté interesar el patriotismo de los habitantes de Jerez y contribuí a que el Ayuntamiento, la Junta de beneficencia y el pueblo entero sufragaran los gastos que se ocasionaron, suministrando a todos los soldados dos camisas nuevas, un par de zapatos y uniformes a los que los tenían inservibles y destrozados. Los periódicos de Cádiz me llenaron de alabanzas por mi patriotismo, habilidad y filantropía.

El general Ramírez me dió varios certificados encomiásticos; yo le ayudé; y trabajé con él para que no se alterara el orden, puesto que en aquellas críticas circunstancias, y por el reciente cambio de las instituciones, las pasiones estaban en una gran efervescencia.

Como les he dicho a ustedes, fuí con mis sanitarios a las proximidades de Arcos de la Frontera, al aparecer Narváez con sus tropas a atacar a Gómez, y recogimos los heridos de la batalla de Majaceite.