Por la tarde, terminados mis trabajos, me encontré en el campo con el jefe de Estado Mayor don Antonio Ros de Olano, y hablé con él. Ros de Olano era hombre de gracejo, había leído mucho, sabía francés, inglés y creo que alemán.

Era muy amigo de Espronceda, y después se habló de él como literato por el prólogo que puso al Diablo Mundo; citaba con frecuencia a los grandes poetas, a Shakespeare, Byron y Goethe. Ros de Olano me preguntó si no conocía al general Narváez y me instó para que fuera con él a Arcos.

—Tengo una habitación soberbia en el Palacio de los Duques, con dos camas—me dijo—. Una se la cedo a usted por esta noche.

—Bueno, vamos allá.

IV.

Arcos de la Frontera es un pueblo en anfiteatro, colocado sobre una roca elevadísima, rodeada por casi todas partes por las aguas amarillentas del Guadalete y cortada en algunos sitios a pico. Las calles de Arcos son estrechas y pendientes; y para llegar a la cumbre de la ciudad hay que subir una cuesta muy larga y penosa.

Como la roca en que está asentada Arcos, tajada sobre el río, es medio arenosa, como de asperón, y se desmorona por los costados con frecuencia, han desaparecido varias calles, y el pueblo, antes amurallado, al encontrarse sin espacio, se ha extendido por las colinas próximas.

Arcos, ciudad bastante grande, celebrada por sus frutas y por sus majos, tiene en la plaza una iglesia, con una fachada de estilo gótico florido, y algunas casas hermosas.