Al llegar al pueblo y subir a la plaza, Ros de Olano me llevó al palacio de los Duques de Arcos, en donde se encontraba el brigadier don Ramón María Narváez.
Narváez me saludó amablemente.
—¿Se conocían ustedes?—preguntó Ros de Olano.
—Sí—dijo don Ramón.
—Sí—añadí yo.
Yo le conocía de cuando estaba organizando la Isabelina. Por entonces, Narváez, que era masón, se me presentó con una contraseña del Gran Oriente para entrar en la Sociedad.
No quise referirme a este recuerdo, por si la idea de haberse encontrado en una situación subalterna con relación a mí no le gustara al brigadier; y no hice tampoco la menor alusión a esta circunstancia, lo que pareció tranquilizar por completo al caudillo. Hablamos largo rato.
A Narváez, después del motín de La Granja, se le consideraba como liberal exaltado; en cambio, a Espartero se le tenía como amigo de los moderados.
Mendizábal y Calatrava habían elegido a Narváez para ver si daba el golpe de gracia al general carlista Gómez; y el ministro de la Guerra, García Camba, le había dado atribuciones extraordinarias, como la de obligar al general Alaix a que le cediera su división, cosa que produjo, días después de la acción de Majaceite, una riña entre los dos generales y un motín militar.
Los exaltados comenzaban a ver en Narváez un rival de Espartero y lo elogiaban a cada paso.