En los dos años siguientes, y por la fuerza de los acontecimientos. Espartero llegó a ser el hombre de los progresistas, y Narváez, el de los moderados.
Ni uno ni otro tenían ideas claras; no había en ellos mas que envidia y emulación. La rivalidad que ya había existido entre Espartero y Córdova siguió existiendo entre Narváez y Espartero, sobre todo cuando murió el general Córdova.
Narváez era pequeño, violento, y en aquel instante estaba emborrachado por el éxito; tenía una voz dura, rajada; el aire, fiero y jactancioso; los ojos, vivos, que relampagueaban a veces, y el labio inferior, un poco belfo.
Narváez tenía una gran facundia; era persuasivo y turbulento; a veces parecía de un amor propio, monstruoso; a veces le gustaba hacerse el pequeño. Sus soldados le querían porque, a pesar de su severidad, era justo a lo militar y compartía con ellos sus sufrimientos. Narváez se parecía espiritualmente a Espartero; pero era más impulsivo y más genial. A pie, sorprendía por su aire violento; a caballo y arengando a sus tropas, según me dijo Ros de Olano, tenía una gran prestancia.
Yo confieso que sentía cierta antipatía por estos espadones jactanciosos y fieros. De aceptar un tipo militar, prefería el organizador frío y tranquilo como Zumalacárregui.
Narváez y yo hablamos de Mina, de quien se decía que estaba gravemente enfermo y casi moribundo.
Le entusiasmaba a Narváez el que el viejo guerrillero el Esqueleto, como le llamaban cuando era capitán general de Navarra, fuera tan franco y tan llano.
Me contó cómo don Francisco Espoz, a la hora de comer, mandaba traer un caldero de habas o de rancho debajo de un árbol, y, sentándose en rueda con sus oficiales, metía la cuchara de palo en la comida común. Narváez no comprendía que en esto había algo de efecto teatral.
El viejo zorro navarro sabía que así tenía a sus oficiales encantados.
Narváez creía en toda esta retórica de los conductores de soldados: «¡Muchachos, hijos míos, adelante!». Ese sentimentalismo de cuartel le llegaba al alma. Creía en la familia militar, como si fuera lo mismo, después del peligro de una acción, el ir a vivir a un palacio con un magnífico sueldo que el quedarse en un sucio cuartel de soldado o de cabo, o ir a pasar la vida a un hospital de inválidos.