En el Empecinado, y en tipos como él, esta fraternidad con sus soldados era algo espontáneo, porque su vida no se diferenciaba gran cosa de la de sus guerrilleros; pero en Mina, que había vivido entre lores y damas de la aristocracia inglesa, su familiaridad no pasaba de ser una técnica, un procedimiento.

Narváez sentía un odio profundo por los periodistas y por la Prensa. La Prensa era la causante, según él, de todo lo malo que ocurría en España.

La razón de su enemiga era que los periodistas tenían en la mano la popularidad, esta popularidad a la que los militares ambiciosos hacían ascos y que, a pesar de ello, se derretían por alcanzarla. En todos aquellos aspirantes a Napoleón se había despertado un ansia inagotable de aparecer citados en los periódicos.

Narváez se quejaba de la confusión de la época.

—Esto es un galimatías—dijo—que no lo entiende ni Dios. Esto es la mismísima torre de Babel. El uno dice que más libertad y más Constitución; el otro, que menos libertad y menos Constitución y más orden; el uno grita que el enfermo se muere; el otro, que el enfermo se cura; el uno receta cantáridas, y el otro, emolientes; y entre tanta fórmula y tanta historia, ya no sabemos si nos conviene más la Constitución neta o la reformada, el Estatuto, la República, Don Carlos o los demonios colorados.

—Todas esas son consecuencias naturales de la libertad—observé yo—; no se puede pedir en el campo liberal la uniformidad de ideas que hay entre los absolutistas.

—Pues todas esas charlas y toda esa confusión no hacen mas que perturbarnos.

Yo seguí defendiendo la tesis de que la confusión era una consecuencia natural y lógica de la libertad, y me dejé decir en la conversación que el ejército iba a ser impotente para acabar la guerra civil.

—¿Y por qué?—me preguntó Narváez con furia, incomodado con esta idea expuesta por mí.

—Porque más de la mitad de España es absolutista—dije yo—. La guerra, si sigue en circunstancias como las actuales, acabará por destruírlo todo. Para liberalizar España hay que contar con el tiempo, solamente con el tiempo. El liberal tiene las ciudades, mejor dicho, el elemento culto de las ciudades, pero el carlista domina en los campos.