—Una minoría fuerte, inteligente y que tenga razón puede imponerse a una mayoría de bestias—dijo Narváez.
—Eso es la dictadura.
—Pues bien, la dictadura. ¿Qué mal puede haber en ella?
—Muchos males y un inconveniente—contesté yo—; que para que haya dictadura tiene que haber un dictador fuerte que acabe con todos los que tengan pretensiones de serlo. Ha de haber un dragón que devore las alimañas. Y eso es lo difícil. Ninguno de nuestros generales ni de nuestros políticos se someterá, y no sé si habrá alguno capaz de tragarse a los demás.
—Y bien, ¿usted que haría?
—¡Yo! Entablar una negociación con los carlistas que trajera una tregua, y luego, en la paz, trabajar contra ellos. Si no, destrozaremos a España estúpidamente.
—¿Y el honor del ejército?
—El ejército no debe servir mas que para los intereses de la nación. El político, a dirigir; el militar, a obedecer y a cumplir las órdenes.
—O a dirigir también.