—En ese caso, el militar, ya no es militar, sino político.
Narváez me replicó con extremada violencia, con su fraseología andaluza plagada de brutalidades y de groserías. Me hubiera retirado a no haber intervenido varias veces Ros de Olano y a no haber entrado en el cuarto el ordenanza de Narváez, Bodega, el mismo que cuando el brigadier llegó a general y a presidente del Consejo de Ministros tuvo tanta fama y se le consideró casi como un personaje. Bodega traía varias cartas.
—¿Son de Madrid?—preguntó Narváez a Ros de Olano.
—Sí, éstas son de Madrid. Hay una también de tu pueblo, de Loja.
Narváez tomó sus cartas y salió del cuarto.
Yo le dije a Ros de Olano que no tenía gran entusiasmo por esta clase de gente que cree que no hay más norma en la vida que la del pan y el palo y que quieren convertir la sociedad en un cuartel.
Ros de Olano me contestó que no hiciera mucho caso de las violencias del lenguaje de aquel hombre, pues todo esto era en él corteza.
Pensaba marcharme no muy satisfecho de la entrevista; pero Ros de Olano me convenció de que me quedara a cenar. Cenamos en el palacio de los duques de Arcos, Narváez con su Estado Mayor y algunos de sus oficiales. Estaban el ayudante de campo Calleja, el abogado Cortina, el coronel don Hipólito Silva, el comandante Mayalde y el corresponsal del Times, que marchaba en la división recomendado por el embajador de Inglaterra, sir Jorge Williers, luego lord Clarendon.
Narváez, aunque con aire de malhumor, se las echaba de modesto y atribuía la victoria de Majaceite a los demás.
Cortina, el abogado sevillano, era de estos hombres elocuentes que a mí no me interesan nada. Iba con la brigada de la Milicia nacional como jefe de Estado Mayor.