Después, el capellán y él se pusieron a hablar de Narváez, por quien sentían gran entusiasmo.
—Este hombre es un hombre de instinto, de inspiración—dijo Ros—; presentía que había de encontrar a Gómez y que le había de derrotar.
Ros de Olano se sentía muy inclinado a aceptar estas explicaciones misteriosas. Yo sonreí, porque nunca he creído en presentimientos; pero no dije nada en contra.
—Este Narváez—siguió diciendo Ros de Olano—es una fuerza de la Naturaleza. Yo no he visto un hombre más violento y más pintoresco. A veces es de una modestia terrible y sincera; a veces tiene un amor propio que no le cabe dentro del cuerpo.
—¿Qué quiere usted? No me entusiasma—le dije yo.
—Lo comprendo. Usted, Aviraneta, es el hombre que responde a las fatalidades del Destino adverso con una postura gallarda; usted es un estoico, un romano; lucha usted como un marino contra los vientos y las tormentas. Usted puede decir como el filósofo: «Dolor, no eres un mal».
—Tiene usted buena idea de mí.
—Creo que es la justa; ahora, estos tipos como Narváez, no: son fuerzas de la naturaleza, tienen una suerte, una confianza en sí mismos irracional, pero la tienen. Este hombre es una furia, un energúmeno. Es el jugador afortunado que gana y gana y llega a convencer a los demás de que tiene el poder de ganar porque sí. Este hombre está convencido de su destino. Es un marino que no sólo hace la maniobra, sino que crea el tiempo...
—Pero si le viene la mala...
—Si le viene la mala, se romperá, desaparecerá; pero entretanto se creerá invulnerable.