Salía de un rincón del café, donde estaban jugando al monte.
Matamoros era un hombre verdaderamente feo; tenía unos cuarenta años, la nariz gruesa, verrugosa y roja; el bigote, grande y negro; los ojos, pequeños, brillantes y algo bizcos. Matamoros tenía el aire muy sonriente y ceceaba al hablar. Era muy ceremonioso y le gustaban las fórmulas de cortesía y las zalemas. Había sido nacional del 20 al 23 y vivido en Sevilla de contratista de obras desde la entrada de Angulema hasta la muerte de Fernando VII, en que dejó las obras para ingresar de nuevo en el Ejército.
Por lo que me dijo Ros, al teniente Matamoros le dedicaban los compañeros muchas bromas; decían que tenía un aire tan fiero, que cuando se miraba al espejo él mismo se asustaba.
Una cantinera, requerida de amores por él, le había dicho:
—¿Usted pretende que le quiera yo? ¡Vamos, hombre! ¡Si es usted más feo que el cabo Negrón, que murió de feo!
—Sí, pero soy muy gracioso—replicó Matamoros, riendo.
Y la cantinera llegó a enternecerse.
Me había dado estos datos Ros de Olano, cuando se acercó a nuestra mesa el teniente Matamoros.
—¡A la paz de Dios, señores! ¡Buenas noches!