—¡Buenas noches, teniente! Siéntese usted; tomará café con nosotros.

—Con mucho gusto, mi coronel. ¡Es una de mis debilidades!

—¿Mala suerte en el juego?

—Ese Don Lámpiro es una calamidad. No da una.

—¿Y usted?

—Yo soy tan calamidad como Don Lámpiro.

—Este señor—dijo Ros de Olano señalándome a mí—escribe en los papeles...

—¡Hombre, yo le había tomado por un físico!

—No; escribe en los papeles, y quisiera que usted le contara alguna cosa de nuestro brigadier Narváez. Porque usted, aunque ha vivido en Sevilla, es de Loja, ¿verdad?

—Sí, señor; y a mucha honra.