Y nosotros contestamos:
Y fuera de aquí
todas son así.
Y la verdad es que en todas partes cuecen habas. Pues bien, a Loja, los Reyes Católicos le dieron en tiempo de los moros por escudo de armas un castillo sobre un puente; y a los dos lados de él, dos montañas; y entre ellas, una cadena, que lleva colgando una llave dorada; y encima este mote: Loja, flor entre espinas.
Este mote de la ciudad le viene como de perlas al brigadier don Ramón Narváez, porque mi paisano es también así, flor entre espinas; tan pronto le suelta a uno una rabotada que le vuelve loco, como le hace un favor.
Este hombre, ya desde su más tierna infancia, manifestó que tiraba a ser algo grande, porque ahora lo ven ustedes de brigadier a los treinta y seis años, y lo verán ustedes pronto de capitán general, si no llega ser algo así como Napoleón o como César.
Don Ramón, cuando era sólo Ramoncito y estudiaba latín, se inclinaba, más que a otra cosa, a entretenimientos de iglesia, y le gustaba levantar altarcitos en su casa, cantar misa y predicar a sus condiscípulos. Eso sí, su orgullo no le permitía aceptar el papel de monaguillo; siempre tenía que ser él el prior o el obispo, o, por lo menos, el vicario de la pirroquia, como dicen en mi pueblo. Del juego con la iglesia y de los altarcitos pasó al del ejército, que ya es cosa más seria, caballeros, y formó una banda de tambores, parecida a la que habíamos visto en Loja durante la invasión de los franceses, tomando el papel de tambor mayor. ¡Y que no se mostraba poco diestro Ramoncito Narváez cuando recorría las calles del pueblo al frente de su pelotón y lanzaba el palo por los aires y lo volvía a coger!
A la gente le hacía mucha gracia la soltura y el desenfado de Ramoncito.
El afán de ser el primero le llevó pronto en el juego de soldados a dejar el título de tambor mayor y a tomar el de capitán general, y andaba con un sable de juguete haciendo maniobrar a los chicos como si fueran soldados.
Concluída la edad de los juegos y empezada la de gallear, Narváez se peleó a cada paso con los mocitos rivales. Tenía el muchacho mucha sangre, y un valor y un orgullo que no le cedía a nadie.