Viendo el padre de Narváez la inclinación de su hijo por las armas, le indicó que sería militar.
Antes de entrar de cadete, Narváez estuvo estudiando en Granada, donde conoció a una señorita de la aristocracia, doña Juana Ponce de León, que procedía de aquí, de Arcos de la Frontera, y era de la familia del duque de este título.
Narváez comenzó a galantearla; pero Juanita tenía ya relaciones con un muchacho granadino de buena familia, aunque de poca fortuna, Alfonso Pérez del Pulgar. Narváez, al saber que Pulgar estaba más adelantado que él, se desesperó; quiso armar camorra a su rival y volvió a Loja furioso.
Cuando concluyó sus estudios preparatorios, el padre de Narváez le consiguió a su hijo una plaza de cadete en el regimiento de Guardias Valonas. En este mismo regimiento entraba su rival Alfonso Pulgar.
El odio que se desarrolló entre ambos fué tremendo, y juraron a la mejor ocasión batirse y comerse los hígados el uno del otro.
Narváez, de cadete, fué, como la mayoría de los jóvenes de nuestro tiempo, muy calavera, muy mujeriego y muy aficionado a verlas venir.
Todos los meses se jugaba la paga y no había mejor fiesta para él que un desafío.
Antes de la revolución de Riego presentaron al difunto Fernando VII, ¡maldita sea su estampa!, la lista de seis alumnos de la Academia propuestos para el ascenso a subtenientes supernumerarios; y preguntando las condiciones de cada uno de ellos, al llegar al nombre de Narváez, el rey, que tenía muy buena memoria cuando quería, porque cuando no quería se hacía el sueco, dijo:
—Ya sé, éste es el cadete que el verano pasado echó a un compañero al estanque del Retiro para que le trajese la gorra que el otro, en broma, le había tirado al agua.
En 1820, Narváez formaba parte del cuerpo de Guardias de Corps, y era del grupo de los leales a la Constitución; en cambio, Alfonso Pérez del Pulgar estaba con los absolutistas, partidarios acérrimos del rey.