VII

EL PARADERO DE JUAN DE AGUIRRE

Nunca volví a ocuparme de mi tío Juan de Aguirre, que en mi infancia tanto me preocupó; pero un día iba en una de esas canoas que cruzan la bahía de Manila conduciendo el pasaje, y que llaman guilalos, cuando entablé conversación con un viejo capitán vasco que mandaba un bergantín, y al decirle que yo era de Lúzaro, me preguntó:

—¿Usted sabe algo de la vida de Juan de Aguirre?

—No. Y eso que Juan de Aguirre era pariente mío.

—¿Juan de Aguirre y Lazcano?

—El mismo. Era mi tío carnal.

—¿Qué se hizo de él?

—Debió morir. Yo he asistido a su funeral.