En ver esto, en recordar los sitios donde anduve de chico, en paladear y saborearlo todo, he pasado más de un mes sin hacer mucho caso de visitas y de prácticas sociales.

Mi madre quiere ayudarme a la reconquista de mi calidad luzarense, haciendo

ella misma una porción de guisos complicados y de postres clásicos del país.

—Esto te gustaba mucho antes—me dice.

—¿De veras?

—Sí.

—Pues ahora también me gusta.

Ya, saturado de sabor local, he comenzado a ir a la tertulia de Zapiain, el relojero y corredor de comercio, el antiguo dueño del Cachalote. La relojería es una academia enciclopédica, un gimnasio ateniense. Allí se ha discutido de todo lo divino y humano, y, entre lo no divino, una de las cuestiones más debatidas ha sido la formación de Lúzaro.

Garmendia, el farmacéutico, atribuye la formación de Lúzaro casi exclusivamente al río, que fué, dice él, abriéndose paso lentamente, disgregando los terrenos blandos hasta salir al mar. Según Garmendia, Frayburu y sus arrecifes, como los arenales de Legorreta, no son más que restos de la disgregación de las rocas; los núcleos fuertes resistieron a la acción corrosiva del aire y del agua y se convirtieron en peñascos; los débiles se han disuelto en arena.

Socoa, el viejo capitán, quiere atribuir el boquete de Lúzaro únicamente a la influencia de la Gran Corriente del Golfo o Gulf Stream.