El primer día, al volver a su casa, quiso ser fino:

—¿Qué hay? ¿Ha pasado algo?—le preguntó a su mujer.

—Nada. Estamos todos bien.

—¿Ha habido muertos en el pueblo?

—Si; don Fulano, don Zutano. La señora de Tal ha estado enferma.

Recalde escuchó las noticias, y después preguntó:

—¿A qué hora se cena aquí?

—A las ocho.

—Pues hay que cenar a las siete.

La Cashilda no replicó.