Recalde creía que el verdadero orden en una casa consistía en ponerla a la altura de un barco.
Al día siguiente Recalde fué a su casa a las siete, y pidió la cena.
—No está la cena—le dijo su mujer.
—¿Cómo que no está la cena? Ayer mandé que para las siete estuviera la cena.
—Sí; pero la chica no puede hacer la cena hasta las ocho, porque tiene que estar con el niño.
—Pues se le despide a la chica.
—No se le puede despedir a la chica.
—¿Por qué?
—Porque me la ha recomendado la hermana de don Benigno, el vicario, y es de confianza.
—Bueno; pues mañana, haga la cena la muchacha o la hagas tú, se ha de cenar a las sietes.