—Sí, lo juro.
—¿Juras que entregarás esta carta a Juan Machín, el minero, dentro de un año o antes si las circunstancias te obligan a abandonar Lúzaro?
—Lo juro.
—¡Oh, gracias; gracias! ¡No es que pudiera dudar de una simple promesa tuya, pero así estoy más tranquilo. Toma el sobre. Guárdalo.
Yo guardé el sobre en el bolsillo interior de la americana.
—¿Quiere usted algo más?—le pregunté.
—No, nada más. ¿Cómo te llamas, sobrino?
—Santiago.
—¡Ah! Shanti. Así se llamaba también mi padre. Haz el favor de decir a mi hija que venga.
Llamé, y se presentó la muchacha rubia, ¡mi prima! Tenía los cabellos despeinados por el viento, la ropa mojada por la lluvia; en sus ojos se leía una decisión huraña y melancólica, que me sorprendió.