—Ven, Mary—dijo el viejo capitán—. Da la mano a este caballero. Es primo hermano tuyo. Será para ti un amigo, un defensor cuando yo falte.
La muchacha sollozó al oír esto.
—Dale la mano—siguió diciendo mi tío—; tiene la cara franca, y aunque no le conozco apenas, creo que puedes fiarte de él.
—Sí, yo también lo creo—dije yo.
La muchacha miraba a su padre y me miraba a mí con honda amargura. Alargó su mano, pequeña y callosa, que estreché un momento en la mía.
—
Bueno—murmuró el viejo—, no quiero retenerte más, Shanti. ¡Adiós!—y me tendió los brazos y me estrechó en ellos débilmente. Salí del cuarto y bajé con Mary al raso del caserío.
—Si puedo servir a usted en algo, dígamelo usted—advertí a mi prima.
—Hoy no necesito nada. Cuando necesite....
—Entonces, hábleme usted sin ningún reparo.