—Así lo haré. ¡Muchas gracias!

—Adiós, Mary.

—Adiós.

En la puerta de la tapia me esperaba Allen con el caballo. Lo sostuvo de la brida para que yo pudiese montar, y me dijo:

—No necesitará usted guía, ¿eh?

—No.

—El caballo sabe el camino; le dejará a usted en la herrería de Aspillaga.

—Muy bien.

La noche había aclarado; la luna, en creciente, aparecía envuelta en nubes, y su luz alumbraba con vaguedad el mar. El viento bramaba furioso. Círculos de espuma fosforescente brillaban sobre las olas.

Como me había dicho Allen, el caballo sabía el camino y tuve que refrenarlo para que no partiera al galope. Llegué rápidamente a la herrería, y de allí, a pie, volví a mi casa.