No sabía qué decir a mi madre; quizá le iba a producir una gran emoción hablándole de que su hermano vivía a poca distandia de ella, enfermo, casi moribundo.
Cuando entré en mi cuarto, mi madre, aun despierta, me preguntó desde la cama:
—¿Te ha ocurrido algo?
—No, nada.
—¿Te has mojado?
—No.
—¿Pasa algo importante?
—No; mañana te to diré.
Guardé en el cajón de la mesa, bajo llave, la carta que me había dado mi tío para Machín; luego me acosté; pero por más que quise dormir, no pude conseguirlo.
Al día siguiente conté a mi madre la escena de la noche anterior en Bisusalde, y no sé si dudó de la veracidad de lo dicho por su presunto hermano, o si creyó que querría quitarnos parte de la herencia; el caso fué que mi madre no se