—Yo, no.
—Pues vamos a entrar en su casa.
—Vamos.
Entramos en la cueva. No estaba, como en mi tiempo, llena de malezas, sino completamente limpia; en el fondo había una cama de paja, de algún pastor.
—¿Dónde estás, Egan-suguia?—dijo Mary—. Ven, que queremos hablarte y darte las gracias porque nos prestas tu casa. ¡No aparece!
—Estará haciendo algún recado—repliqué yo—. Quizá se haya perdido por el monte o ande buscando un paraguas por las calles de Lúzaro.
—¡Pobrecita! ¡En una cueva así debe tener mucho frío! Yo no creo que esa Egan-suguia sea tan mala como dicen. Si se comiera los niños, aquí estarían los huesos, y no hay nada.
—Es que tiene el estómago fuerte y la pícara de ella se los traga. Ahora, Mary, ¿qué hacemos? ¿Quiere usted que vaya a Lúzaro y venga con un paraguas?
—No; sentémonos. Ya pasará la lluvia.
—¿Y qué vamos a hacer?