—¿Por qué?

—Porque no, criatura. ¿Cómo le van a tener respeto muchachos de su misma edad o mayores que usted? No puede ser.

—¿Y si les enseño el inglés tan bien como otro profesor?

Aunque así sea. No iría nadie, o, mejor dicho, irían muchos; pero no a aprender el inglés, sino a hacerle a usted el amor.

Ella quedó pensativa.

—¿Y si me pusiera a coser y a hacer trajes para las señoras?

—¿Pero sabe usted algo de eso?

—No, pero aprenderé.

—Quizá fuera práctico.

Yo le ofrecí pagarle todo lo que necesitara, aunque dudaba mucho del éxito. El mismo día escribió a Bayona y a París pidiendo católogos y periódicos de modas.