IX
EL DEVOCIONARIO DE ALLEN
La enfermedad de mi tío Aguirre seguía aproximándose al desenlace. Se acercaba para mí el día de la marcha; el tiempo de licencia concluía; de Cádiz me mandaban recados urgentes. Aquello de pasarme cuatro o cinco años seguidos en el mar, me parecía muy duro.
Mi madre se lamentaba al mismo tiempo de que tuviese que ir y de que perdiese una plaza tan buena.
No sabía a quién dirigirme, y se me ocurrió, medio en serio, medio en broma, ir a consultar a Quenoveva. Una mañana me acerqué al faro de las Ánimas. Al asomarme a la plataforma vi a uno de los chicos del torrero y le pregunté:
—¿Está tu hermana?
—¿Quién, Quenoveva?
—Sí.
—Aquí está.