Mary estaba enfurruñada.
—¿Qué le pasa a usted?—la dije.
—Nada.
—No, algo le pasa. ¿Está usted incomodada conmigo?
—Sí.
—¿Por qué?
—¡A mí no me ha traído usted anillo!—me dijo, dolorida.
—No importa; le compraré otro más bonito.
—No, no; yo lo quiero igual que el de Quenoveva.
—Pues como el de Quenoveva.