—Además—añadió con la voz preñada de lágrimas—, su madre de usted no me quiere.... Ha dicho que yo soy una chica mala ... que ando tirando piedras. Su madre de usted no me quiere ... usted tampoco. Sólo mi padre me quería y yo voy a reunirme con él.
Y la chica, en un momento de arrebato, se acercó al acantilado con intención de tirarse al mar; yo la cogí de un brazo y la retiré de allí.
—Mary—la dije agarrándola enérgicamente y zarandeándola con furia—. ¡Cuidado con hacer necedades!
La muchacha comenzó a sollozar con inmensa amargura. La dejé que llorase largo rato, haciéndome el incomodado, y después, ofreciéndole la mano, le dije:
—Vamos, Mary, que empieza a llover.
Ella puso entre la mía su mano pequeña y callosa, y comenzamos a subir el Izarra. Ibamos escalando el monte, deprisa, huyendo del agua. Llovía cada vez más fuerte, cuando llegamos cerca de la cueva de la Egan-suguia.
—Entremos aquí—dijo Mary, que, después de las lágrimas, había quedado sonriente y de buen humor.
—Ahí, mi querida Mary—le dije yo—, hay, según dicen, una gran serpiente con alas, con garras de buitre y cara de mujer, que se llama Egan-suguia.
—¿Y qué hace?
—Envenena con el aliento y se come a los chicos.