—¿Quién la ha visto?
—Creo que nadie la ha visto.
—¿Y usted la tiene miedo?
—Yo, no.
—Pues vamos a entrar en su casa.
—Vamos.
Entramos en la cueva. No estaba, como en mi tiempo, llena de malezas, sino completamente limpia; en el fondo había una cama de paja, de algún pastor.
—
¿Dónde estás, Egan-suguia?—dijo Mary—. Ven, que queremos hablarte y darte las gracias porque nos prestas tu casa. ¡No aparece!
—Estará haciendo algún recado—repliqué yo—. Quizá se haya perdido por el monte o ande buscando un paraguas por las calles de Lúzaro.