El viejo Itchaso me esperaba, e, inmediatamente de llegar, me pasó a un cuarto pequeño con una ventana que daba al muelle.

Desde allí se veían los mástiles entrecruzados de las fragatas y bergantines, de las goletas y pailebots.

Había en el cuarto, en un armario, varios libros, y entre ellos el Diccionario filosófico de Voltaire.

—Este libro es mi amigo—me dijo el viejo, señalándolo.

—¿No es usted religioso?—le pregunté yo.

—No, no. No creo en supersticiones.

Itchaso tenía preparada una botella de vino de Burdeos, añejo, que conservaba en el casco polvo y telarañas. Llenó dos copas; luego levantó la suya, y dijo:

—Por el país vasco, mi oficial.

—Por España.

—Por Francia.