—Bueno, bueno—me contestó el patrón.
Fuí saltando de barca en barca hasta ganar las escaleras del muelle. Estaba desierto. Yo sentía una gran angustia. Al pasar por el taller de tornero de Zelayeta encontré a mi amigo; le cogí del brazo y le pregunté lo que se decía en el pueblo de Mary y de Machín. Su contestación me tranquilizó. Era verdad que Machín galanteaba a la chica, pero ella no le hacía caso.
—Puedes estar sin cuidado—me dijo.
Y ya menos inquieto, fuí a casa de mi madre.
II
DÍAS FELICES
Al amanecer del día siguiente me levanté muy de mañana. Estaba el tiempo templado. Saqué una silla al balcón, me senté, y apoyado en la barandilla estuve contemplando el pueblo y la casa donde vivía Mary.
El sol se levantaba, ahuyentando las nieblas; el viejo campanario, las casas, el puerto, la punta del Rompeolas iban apareciendo ante mi vista.