No sé qué influencia deprimente tiene en mí la mañana, que es como una matadora de ilusiones; todo lo que me parece fácil y asequible de noche se me figura erizado de dificultades al amanecer.
Era demasiado temprano para ir a ver a Mary. Estaba impaciente; salí de casa, y en la carretera me encontré con el médico viejo. Era gran madrugador y salía temprano para su visita. Le saludé, le acompañé, le dije si conocía a Mary y le pregunté qué se decía en el pueblo de las galanterías de Machín.
—Nada malo. Puedes estar tranquilo. No creo que le haga el amor a Mary. Está correctísimo con ella y la trata con gran consideración.
—Sin embargo ...—murmuré yo.
A pesar de las palabras del médico viejo no me tranquilicé, y, con esta tendencia que se tiene a aumentar el propio mal, le pedí informes de Machín.
—Machín es un hombre de una voluntad de hierro—me dijo el médico—. Tú le conocerás.
—No; no creo haberle visto nunca.
—Pero habrás oído hablar de él.
—Poco.
—Pues Machín es hijo de un caserío de tu abuela. No sé si navegó un poco;