Ya lo creo, bailaremos.

Efectivamente; cuando empezó la música, yo fui el primero en sacar a bailar a Mary.

Después de la charanga comenzó a tocar el tamboril. Genoveva miraba a Agapito melancólicamente con el rabillo del ojo; yo me acerqué a él, y dándole un empujón, le dije:

—Anda, no seas tonto; sácala a bailar.

El se decidió. El tal Agapito era de estos mozos petulantes que se creen guapos, y a quienes la estupidez irremediable de las mujeres (al menos así nos parece a los hombres) va dando alas. Agapito bailaba ex cáthedra. Yo me decidí a intentar bailar el fandango al son del tamboril; pero, como no sabía mover los pies, hice que se rieran de mí las mujeres y los hombres.

—¡Bravo, Shanti! ¡Bravo!—me gritaban los viejos pescadores, que se acercaron a mirarme todos en fila, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón.

—Creo que estoy bailando como un lobo de mar—le dije a Mary.

Ella no pudo contener la risa. Realmente, los dos desmoralizábamos el baile. Ella, sin poder bailar, riéndose; yo, saltando pesadamente con la gracia de un oso blanco entre los hielos, al lado de Quenoveva y de Agapito, tan serios y tan graves, éramos un insulto a las tradiciones más veneradas del país.

Sabido es que, entre estas tradiciones, la religión y el baile son las más importantes. Por eso dijo Voltaire, con razón, que el pueblo vasco es un pequeño pueblo que baila en la cumbre de los Pirineos.