Después de saltar y brincar emprendimos la vuelta entre la algazara de los chiquillos y las canciones de los mozos.

A primera hora de la noche ya estábamos otra vez en Lúzaro, en la plaza, bailando.

Después de cada baile, en que yo me cubría de gloria con gran risa de Mary, dábamos una vuelta por la Alameda. A las diez, tras de una tarde de gimnasia y una serie no interrumpida de habaneras y de jotas, ejecutadas (así decimos en el pueblo) unas veces por la banda y otras por los tamborileros, hubo un castillo de fuegos artificiales que hizo las delicias de la gente menuda y de los pescadores.

Quenoveva encajó toda su chiquillería a un pariente; la Cashilda dejó a su niño, el futuro antropólogo, en casa, y fuimos luego Quenoveva con Agapito, la Cashilda, Mary y yo a dar un último paseo al Rompeolas. Esta es la costumbre clásica de Lúzaro.

Al llegar a la cruz del Rompeolas, los hombres suelen poner en ella la mano y las mujeres los labios.

En el camino, Cashilda me explicó una particularidad que yo no sabía. Si las

chicas quieren un novio marino—me dijo—, tienen que besar la cruz por el lado del mar; y si lo quieren terrestre, por el lado de tierra. Según parece, hay algunas que no tienen inconveniente en ser anfibias.

Llegamos al Rompeolas, y Quenoveva y Mary besaron la cruz por el lado del mar.

Al volver a casa, yo quise abrazar a Mary a espaldas de la Cashilda y devolverle el beso que había dado a la cruz, pero ella se me escapó riendo.