No quise decir quién había sido mi secuestrador; pero todo el mundo lo comprendió.
Los de la lancha me dijeron que me limpiara la frente, pues la tenía manchada de gotas de sangre por los pinchazos de las zarzas.
Al llegar al muelle vi a mi madre y a Mary, que me esperaban. Las dos me abrazaron llorando.
—Ahora, abrazaos vosotras—les dije yo.
Y mi madre estrechó a Mary contra su pecho y la besó varias veces efusivamente.
El juez me interrogó por si sospechaba quién podía ser el secuestrador, pero yo declaré que no tenía ningún indicio.
Después supe que la maquinación de Machín no se había limitado a llevarme a mí a Frayburu. La misma mañana envió una carta a Mary, citándola a la salida del pueblo, firmada con mi nombre; pero la Cashilda y mi novia sospecharon un lazo, e, interrogando al chico que llevó la carta, averiguaron que procedía de Machín. Al saber luego que yo había desaparecido, comprendieron el plan del poderoso enemigo nuestro.