ARDIDES DE GUERRA
Al ver a Machín de nuevo, comprendí que se había declarado entre los dos una guerra a muerte. El, con su dinero y su influencia, podía hacerme mucho daño; yo tenía de mi parte a casi todos los pescadores y marineros dispuestos a defenderme.
No era fácil que mi enemigo me cogiese desprevenido como la otra vez; contaba con una policía espontánea que vigilaba mis pasos.
Mi madre estaba deseando que me casara cuanto antes, pero había que pedir dispensa por razón de parentesco; en la fe de bautismo de Mary aparecía como hija legítima de Juan de Aguirre y Lazcano.
Un día, al volver a casa, me encontré con que habían dejado un bulto para mí. Era una caja de unos veinte centrímetros en cuadro, muy empaquetada y llena de sellos de lacre.
—¿Qué es eso?—me dijo mi madre.
—No sé.
—¿Has pedido algo?
—Yo, no.
—Pero, ¿esperas alguna cosa?