—¿De manera que se ha podido marchar en el coche?

—Sí; muy bien puede ser.

A la mañana siguiente, cuando pasó Samson, el cochero, le pregunté si recordaba las señas de un hombre con una caja, que había venido en el coche el día anterior; pero no recordaba más que de un carnicero con una cesta y de una mujer con un saco.

No tenía mucha confianza en Samson, porque era hombre muy marrullero, y no quise preguntarle más.

Hablé del caso a Garmendia, el farmacéutico, y éste me dijo:

—Lleve usted la caja a la botica, y veremos lo que tiene dentro.

Por la noche la cogí y la llevé.

—Indudablemente, aquí, si hay algo peligroso, debe estar en abrir la caja con la llave. Vamos a atacarla por otro lado.

Garmendia mandó un recado a Zapiain, el relojero, pidiéndole un taladrador de metales, y cuando volvió el mancebo de la botica con él, nos pusimos los dos a horadar la caja por uno de los lados. La caja era fuerte y nos costó mucho tiempo el conseguir hacer un agujero. Hecho éste, metimos una aguja y miramos a ver si salía algo del orificio. Al poco tiempo salió un polvo negro.

—¿Qué será esto?—pregunté yo. Parece pólvora.