—Yo también tengo que hablar con usted—dijo el doctor, con severidad.
—Muy bien. Si usted quiere, iré a su casa esta tarde.
—¿A qué hora?
—A las cuatro, si le parece bien.
—Bueno.
—Pues a esa hora allí estaré.
El doctor y yo nos levantamos, dejamos a Machín entregado a su desesperación, y nos fuimos.