—Bueno, pase usted a casa—le indiqué.

Pensé que no intentaría atacarme. Además, yo era más fuerte que él.

Pasó Machín, subió las escaleras conmigo, entró en mi cuarto y se quedó mirando los libros de mi armario y los cuadros de las paredes, con gran curiosidad.

—¿Vienen de casa de su abuela estos cuadros?—preguntó.

—Sí.

Quedó mirándolos de nuevo. Yo le contemplaba con marcada impaciencia.

—Usted dirá lo que quiere ...—le advertí.

—Sí. Voy a decírselo a usted en seguida. Me entregó usted un sobre del padre de Mary....

—Cierto.

—Pues yo le tengo que entregar a usted otro para ella. Déselo usted el día de la boda.