—Quiero marcharme de Lúzaro. Probablemente ya no nos volveremos a ver. ¿Me guarda usted rencor?

—No, nunca, a pesar de que creo que tengo motivos.

—Entonces, ¡adiós!

Me tendió la mano, yo alargué la mía y me la estrechó con fuerza.

Al volver encontré a mi madre un poco excitada.

—¿Qué te pasaba?—la dije.

—Nada, que al verle entrar he creído que venía mi hermano Juan.

—¿Eh?

—Sí.

—¿Tanto se parece?