Yo iba con mucha frecuencia a casa de tu abuela, que por entonces se había quedado viuda.
Tu abuela tenía en casa una muchacha, que era ahijada suya, y a quien llamábamos la Shele. Yo bromeaba mucho con ella cuando iba a a tomar café a Aguirreche.
—¿Qué hay, Shele?—la decía.
—Nada, señor médico.
—¿Cuándo piensas casarte?
—Cuando me quieran—contestaba ella con gracia.
&mdaash;¿No tienes novio todavía?
—No.
—¿Pues en qué estás pensando?
—Ella sonreía mientras llenaba las tazas de café. La Shele era muy bonita, muy modosita, muy fina. Era este tipo vascongado, esbelto, que tiene algo de pájaro. Muchas veces yo pienso—añadió el médico viejo—que nuestra raza no es fuerte. Esto no lo digo delante de un forastero, no, jamás. Esta raza vasca es bonita, fina de tipo, pero en general no es fuerte. Tiene más resistencia la gente del centro: aragoneses, riojanos y castellanos. Esta es una raza vieja que se ha refinado en el tipo, aunque no en las ideas, y que no tiene mucha fuerza orgácica. Tú habrás visto que aquí una muchacha se casa y al primer hijo se le caen los dientes, parece que se le alarga la nariz.... Pero me alejo de mi historia. Vuelvo a ella.