Una mañana de invierno muy hermosa y muy clara me llamaron para ir a Aguirreche. Hacía pocos días que tu tío Juan había marchado a embarcarse a Cádiz.
—Esto es un hospital—me dijo tu abuela—. Todos estamos enfermos.
Vi a tu abuela, a tu madre, a tu tía Úrsula, y, al marcharme, me dijeron:
—Espere usted, que también la Shele está mala.
Entró la muchachita, muy pálida y muy triste, y saludó, sin levantar los ojos del suelo.
—Vamos, acércate—le dijo tu abuela.
Pude notar que la Shele sufría y que las comisuras de sus labios temblaban, como por un sufrimiento contenido.
—¿Qué tiene esta muchacha?—pregunté yo alegremente.
—
Debe estar enferma del estómago—dijo tu abuela—. Tiene vómitos, está ojerosa.