La Shele calló y bajó la cabeza.
—¿Te prometió casarse contigo? ¿Te engañó?
—No, no me engañó; no me prometió nada.
—¿Sabe en qué estado te encuentras?
—No, no lo sabe.
—¿Y por qué no se lo dijiste antes de que se marchara?
—Me daba vergüenza.
La muchacha ocultó la cara entre las manos y comenzó a llorar en silencio.
—¡Ay, ené!—decía, de cuando en cuando, sofocando un suspiro.
Yo la contemplaba emocionado.