III
LA VENTA DE LA TERNERA
Yo insinué varias veces, hablando con doña Celestina, después de comunicarle lo que le ocurría a la muchacha, que debía dar cuenta a su hijo de lo que pasaba con la Shele; pero comprendí que era inútil y que estando en su mano no había de hacer nada con ese fin.
Sabía que Juan de Aguirre navegaba en la derrota de Cádiz a Filipinas, pero ni la Shele ni yo pudimos averiguar en qué barco. A pesar de todo le escribí, y la carta no debió llegar, porque no tuve contestación.
Mientrastanto, doña Celestina y el vicario habían decidido casar a la Shele. Como sabes, aquí a los matrimonios que se hacen entre la gente del campo, atendiendo sólo al dinero, se llaman la venta de la ternera. En el caso aquél no era la venta corriente, sino la de una res estropeada y enferma, y había que dar mucho dinero encima para sacarla de casa.
—Nada, hay que llevarla de aquí cuanto antes—dijo el vicario—; que vaya a vivir a otro pueblo o a un caserío lejano, y nadie tendrá en cuenta si la criatura ha nacido antes o después del plazo legal.
—Sí, es lo más conveniente—añadió la señora de Aguirre—. ¿A usted qué le parece, doctor?
—Yo digo lo de siempre; antes consultaría con Juan—replicaba yo.
—Juan no vendrá aquí hasta dentro de cuatro o cinco años.
—Y mientrastanto, ¡cómo se evita el escándalo!—exclamó el vicario.