La muchacha suspiró más fuerte, y viendo que me disponía a salir, me detuvo.
—No, no me deje usted.
—¿Qué quieres que haga?
La Shele pensó un momento, y dijo:
—¡Escríbale usted al señorito Juan!
—Le escribiré, pero va a tardar mucho en saber la noticia. Si ha salido de Cádiz, hasta dentro de un año no vamos a poder tener noticias suyas.
—Entonces dígale usted a la señora lo que me pasa. A ver qué quiere hacer conmigo.
La pobre muchacha me dio lástima. Se entregaba a su suerte adversa, como un cordero que llevan al sacrificio.