La Shele era muy cariñosa, y sin duda de verse mimada en aquel trance, se encontraba alegre y sonriente.

Por la mañana murió la pobrecilla.


El médico viejo dejó de hablar y se quedó mirándome, buscando conocer mi opinión.

—Sí, es horrible—dije yo—esa falta de respeto por la vida ajena. ¡Cuánta gente no se habrá sacrificado por esas ideas del rango y de la posición social que, después de todo, no sirven para nada! Son restos del feudalismo.

—Eso es. Es verdad.

—¿Y qué dijo Machín al oírle contar a usted esto?

—Se puso como un loco. Lloraba desconsolado. ¡Pobre madre, lo que la hicieron sufrir!—murmuró varias veces; luego dijo, con voz iracunda—: Ahora le pegaría fuego al pueblo entero.

Después, más tranquilizado, me pidió que le dijese cómo era; si se parecía a él, si no se parecía; y cuando yo le indiqué que su padre se había portado mal, replicó:

—No, no; él tampoco tuvo la culpa.