Estuvimos allí esperando hasta ver si éramos descubiertos.
Yo estaba temblando de frío.
—Tome usted; frótese usted—me dijo, en voz baja, Allen dándome un trozo de sebo.
Comencé a frotarme con aquello, y él me embadurnó la espalda. Con esta capa de grasa desapareció el frío. Ugarte y Allen hicieron lo mismo.
—¿Y las maderas para los pies?—dije yo.
—Aquí, a un lado, las tengo—me contestó Allen.
Esperamos a que terminaran de hacer la requisa. Si se habían dado cuenta de nuestra falta, era una locura intentar nada.
Salió el master y su tropa, como de ordinario. Se renovaron los centinelas. No habían notado nuestra desaparición. Era el momento de obrar.
Allen corrió por la toldilla y vino al poco rato, deslizándose con nuestras sandalias de madera. All is vell (todo va bien), podíamos decir también nosotros.
Avanzamos por el techo de la toldilla sin hacer el menor ruido. De allí teníamos que saltar a la galería redonda del coronamiento de popa, adonde daban los balcones de la cámara del comandante. De aquélla era necesario descender a otro balcón corrido más bajo y menos saliente.