Desde una a otra barandilla había una altura de doce pies.

Si atábamos la cuerda en la galería alta, podríamos bajar a la otra. Pero ¿cómo desatarla después para seguir bajando hasta el mar? La cuerda en dos dobles no bastaba. Queríamos entrar en el agua sin ruido que pudiera llamar la atención del centinela.

A los lados de la popa del pontón, en las aristas, había chaflanes con vidrieras llenas de adornos barrocos.

A esta clase de chaflanes llamaban en los navíos antiguos los jardines. No había manera de pasar por encima de ellos.

—Dame la lima—me dijo Ugarte.

Se la di. Ugarte se fué con decisión a una de las aristas del chaflán de popa, y clavó con fuerza una de las limas en la juntura; probó si le sostenía, se inclinó y clavó otra más abajo. Desde allí ganó la barandilla de la segunda galería.

Le seguimos, y agarrándonos a las dos limas pudimos bajar los tres al segundo balcón. Arrancamos la lima colocada más abajo.

Esta galería inferior tenía tres ventanas iluminadas. A través de sus cristales se veía a dos jefes sentados en el cuarto.

Desde allá nos faltaban unos quince o diez y seis pies para llegar al agua. Debajo, todavía estaba la galería inferior con sus centinelas, pero en esta parte de popa era donde había menos vigilancia.

Hubiéramos podido bajar desde allá al mar por una de las cadenas que sujetaban