VII
EL ODIO ESTALLA
Avisé a Allen y a Ugarte que nos teníamos que marchar. —¿Y por qué?—preguntó Ugarte, echándoselas de sorprendido. —Por nada. Por algún bien intencionado que le ha dicho a Sandow qué clase de gente somos nosotros y de dónde venimos. —¿Y quién será?—me preguntó él. —Eso lo sabes tú mejor que nadie—le contesté yo, en castellano. Allen nos oía, suponiendo la mala acción de Ugarte. —No sé qué quieres decir con eso—murmuró Ugarte; y, viendo que yo no replicaba, añadió cínicamente—: La verdad es que la cartita te ha reventado. —¡Hombre! ¡Claro! —¿Y qué te ha dicho el capitán? —Me ha dicho que le dan asco los denunciadores, y que por eso sólo nos debemos ir.
Ugarte palideció. Y Allen, que había comprendido todo, exclamó: —¡Ah! ¿Es él el que nos ha denunciado? —Tú no te metas en lo que no te importa, ¡animal!
El irlandés prorrumpió en insultos, y yo impedí que se lanzara sobre Ugarte.
La última noche que pasamos en casa de Sandow, yo escribí una larga carta a Ana. Dormíamos los tres huéspedes del capitán en la biblioteca; Ugarte y Allen se habían tendido en sus camastros, pero estaban despiertos.
Cuando terminé de escribir, salí de la biblioteca, metí la carta en un libro, llamé a la criada y le encargué que diera aquello a la hija del capitán. Temía que, al volver, me iba a encontrar a Uguarte y a Allen luchando a brazo partido.
No pudimos dormir ninguno de los tres; Allen estaba indignado contra Ugarte. Antes de amanecer, salimos de casa, sin despedirnos de nadie. Hacía un
día frío; tomamos la carretera y fuimos marchando por la costa, azotados por una lluvia menuda.
Allen y Ugarte no querían hablarse. Para no tener relación el uno con el otro, Ugarte me hablaba en castellano y Allen en inglés.