—¡Que por un canalla miserable tengamos que andar así!—murmuraba Allen, entre dientes.
Por la noche, mojados hasta los huesos, encontramos un albergue, medio taberna, medio cabaña, que se llamaba el Reposo del Cazador. Era una choza, con las paredes y el tejado cubiertos por completo de hiedra, con dos ventanas con cortinillas rojas, iluminadas por la luz interior. Parecía aquella cabaña la cabeza hirsuta y peluda de un monstruo, con sus dos ojos encarnados.
Aunque nos faltaba poco para el pueblo, decidimos quedarnos allá. Nos sentamos a una mesa y pedimos de cenar. Ugarte se puso a burlarse del capitán Sandow y de su hija. Al principio me indignó; pero luego me produjo lástima y desprecio, comprendiendo que estaba en uno de sus arrebatos de locura, de insensatez. Ya tanto me dijo y me insultó, que le pregunté con sorna:
—¿Qué te he hecho yo para que me odies así?
—Me estorbas—gritó él—. Uno de los dos sobramos en el mundo.
Y en el paroxismo de la cólera empezó a insultarme con furia, a decirme que estaba deseando que me muriera, porque era su bestia negra.
Allen, desencajado, pálido de rabia, exclamó:
—Yo no lo aguantaría.
—¿Qué te mezclas tú? ¡Canalla! ¡Miserable!—gritó Ugarte.
Y, en su furor, sacó una de las limas de las sacadas del pontón, que aun llevaba, e hirió al irlandés en la mejilla.